lunes, 4 de abril de 2011

Emergencias de hospitales, una mirada a la realidad.


Miradas impacientes, miradas cansadas que buscan una respuesta, quizás un consuelo. Todos esperan, nadie dice nada. ¿Quién puede entender lo que sienten? ¿Quién puede saber lo que ronda en sus cabezas? No es fácil ponerse en los zapatos del otro.


         El reloj sigue caminando, la tarde va cayendo y los rayos del sol indican que el día casi termina. En las afueras del Hospital Universitario de Maracaibo todo sigue igual; las mismas miradas, la misma angustia.

Sin embargo en un rincón cercano a esa fría realidad, algo parece ser distinto, son las personas que han hecho del lugar su segundo hogar, y que con sus ocurrencias le dan un toque de alegría a las personas que pernoctan allí; desde el señor que vende café hasta María una peruana que llegó a Venezuela con ilusiones de superación y que vende pasatiempos.

María no duda en hablarte de cómo llegó al país, de contarte que casi se graduó de periodista y de echarte uno que otro chiste para entretenerte; es increíble, pero por un momento hace que te olvides de la situación que te rodea.

De repente caes de nuevo en la realidad, el sonido casi ensordecedor de una ambulancia y los gritos de unas personas te hacen darte cuenta que algo no está bien, un caso más de los tantos que llegan a diario, una persona herida, quizás un quemado o alguien con un dolor, todo puede ser.

              Así se desarrolla el día a día en las emergencias de los hospitales; por momentos solitarias, calladas, escondiendo una verdad, y en ocasiones ajetreada, vestida de temor e incertidumbre, dejando ver que no todo es alegría. 

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